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LA INDEPENDENCIA: Esperanzas y Desafíos

La proclamación de la Independencia de Centroamérica fue fruto de un complejo proceso en el que intervinieron diversos factores: el descontento de los hispanoamericanos provocado por el opresivo régimen absolutista, la falta de derechos políticos y las restricciones al comercio y a la producción. En este contexto, las novedosas propuestas del pensamiento Ilustrado, de la Constitución Política de los Estados Unidos, y de la Revolución Francesa, encontraron terreno fértil: inspiraron la lucha de los hispanoamericanos por su emancipación y les sirvieron de guía al momento de organizar sus nuevas instituciones políticas.

Del Absolutismo al Contrato Social

Durante los trescientos años del período colonial, el imperio español se rigió por un sistema político denominado monarquía absolutista, que se caracterizaba por la concentración del poder en manos del Rey, así como por el control del Estado sobre las actividades económicas y las relaciones sociales. La posibilidad de reformar este régimen era muy limitada pues, de acuerdo a influyentes sectores de la Iglesia Católica, la autoridad del monarca provenía de Dios. Sin embargo, poco a poco esta doctrina empezó a perder credibilidad a medida que se fue desarrollando una actitud científica, expresada en la búsqueda de explicaciones racionales tanto de las causas de los fenómenos naturales como de los orígenes de las instituciones sociales y políticas. 

En el siglo XVIII, los filósofos de la Ilustración argumentaron que la autoridad política no provenía de Dios sino de un contrato voluntario entre el pueblo soberano y sus gobernantes, cuyo objetivo era proteger los derechos naturales inherentes a todos los seres humanos. A fin de prevenir las tiranías, propusieron dividir las funciones del Estado en tres poderes -el legislativo, el ejecutivo y el judicial- autónomos entre sí pero, a la vez, articulados mediante un sistema de contrapesos. Asimismo, desarrollaron un concepto clave en las democracias modernas: el respeto a la voluntad de las mayorías.(1)   

La influencia de estas ideas pronto se haría sentir. El 4 de julio de 1776, las Trece Colonias Británicas en América del Norte proclamaron su independencia y, en 1789, los próceres estadounidenses promulgaron una Constitución Política republicana. Ese mismo año estalló otro movimiento revolucionario: el pueblo de Francia se levantó en armas en contra del régimen absolutista, proclamando la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

En 1812 representantes del pueblo español, reunidos en las Cortes de Cádiz, aprobaron otro documento trascendental: la primera Constitución Política de la Monarquía Española, que imponía límites al poder del rey y reconocía el derecho de los ciudadanos a la libertad de expresión y de organización. Sin embargo, los legisladores españoles rechazaron las demandas más importantes de los hispanoamericanos, como era la libertad de comercio y la igualdad de representación ante las Cortes. Peor aún, en 1814 se restableció el absolutismo, lo que agravó el descontento en el mundo colonial.

Inicio del Proceso Independentista en Hispanoamérica

El 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo, párroco del pueblo de Dolores, en México, inició una masiva insurrección indígena demandando la abolición del tributo y la esclavitud. A su muerte, otro cura revolucionario llamado José Morelos asumió el liderazgo de los insurgentes, exigiendo la independencia de España y la redistribución de la tierra.

En noviembre de 1811, la aparente tranquilidad de la Audiencia de Guatemala llegó a su fin. En San Salvador, León, Granada, Rivas y Masaya, el pueblo se sublevó exigiendo la destitución de las autoridades españolas, rebaja de impuestos, supresión de monopolios, abolición de la esclavitud, libertad de prisioneros políticos, entre otras demandas.

El 20 de febrero de 1812, el Obispo Nicolás García Jerez logró mandar desde León una carta secreta al Capitán General José Bustamante, pidiéndole dos mil soldados para aplastar la sublevación. Éste movilizó de inmediato tres batallones que se encontraban acuartelados en El Salvador, Honduras y Costa Rica. Ante el inminente ataque, los rebeldes de León y Rivas aceptaron reconocer la autoridad de los funcionarios coloniales y, a cambio, el obispo les prometió que no serían perseguidos.

Por el contrario, los granadinos opusieron resistencia armada al ejército colonial. Finalmente, el 25 de abril aceptaron deponer las armas y acogerse al ofrecimiento del obispo de que serían perdonados. Sin embargo, el Capitán General violó el acuerdo y ordenó capturar a un gran número de los rebeldes.

Los principales dirigentes fueron llevados en cadenas hasta Guatemala para ser enjuiciados. Dieciséis personas fueron condenadas a muerte, nueve a presidio perpetuo, y otras ciento treinta y tres más recibieron penas de varios años de cárcel y confiscación de sus propiedades, entre ellas tres valientes granadinas: Josefa Chamorro, María Gregoria Robleto y María Ulloa.

El maltrato a los prisioneros granadinos generó aún más  descontento en Centroamérica. Un grupo de patriotas que se reunían secretamente en el Convento de Belén, en ciudad Guatemala, elaboró un plan para apoderarse del cuartel de armas, sublevar al pueblo y liberar a los presos. Uno de sus dirigentes era el sacerdote indígena Tomás Ruiz, originario de Chinandega, quien era admirador del cura revolucionario mexicano José Morelos, y difundía sus proclamas.

Lamentablemente, fueron traicionados por un delator y condenados a muerte o cadena perpetua. A raíz de esta conspiración, Centroamérica cayó bajo el "Terror Bustamantino", tal como se llamó al período entre 1813 y 1817, marcado por los abusos y persecuciones desatadas por el Capitán General.

Sin embargo, los americanos ya no estaban dispuestos a aceptar el despótico sistema colonial. Aunque el fusilamiento del padre Morelos y la feroz represión de Bustamante habían apagado el ánimo de los insurgentes en México y Centroamérica, se combatía a muerte contra el ejército colonial en América del Sur bajo el liderazgo de Simón Bolívar y José de San Martín.

Emancipación de México y Centroamérica

Mientras los patriotas hispanoamericanos combatían por su independencia, el Rey Fernando VII sufrió un severo golpe en la propia España, pues las tropas de refuerzo que había ordenado trasladar hacia América del Sur se rebelaron el 1 de enero de 1821. El líder de la sublevación, general Rafael del Riego, obligó al rey a restablecer la Constitución de 1812 y la libertad de prensa en todo el imperio.

Los centroamericanos aprovecharon este espacio para promover las ideas independentistas. Con ese fin, el Dr. Pedro Molina fundó un periódico titulado El Editor Constitucional, donde publicaba fuertes críticas en contra del despotismo, las desigualdades sociales, los privilegios de la aristocracia, y la intolerancia ideológica. Incluso, se atrevió a denunciar sin tapujos los estragos del sistema colonial y a argumentar el derecho de los americanos a la independencia, lo que contribuyó a preparar los ánimos para la emancipación de Centroamérica.                     

El 24 de febrero de 1821, el general criollo Agustín de Iturbide dio a concocer el llamado “Plan de Iguala”, cuyo objetivo era alcanzar la independencia de México mediante un convenio con las autoridades españolas que permitiera conservar el sistema monárquico, las jerarquías sociales y la supremacía de la Iglesia Católica.

Poco después, el ayuntamiento de Ciudad Real, capital de la provincia guatemalteca de Chiapas, acordó sumarse a la iniciativa mexicana. Al recibir esta noticia el Capitán General Gabino Gainza convocó a los funcionarios españoles así como a representantes del Ayuntamiento, la Iglesia y otros gremios de la ciudad, a una reunión extraordinaria para tomar una decisión al respecto.

Los líderes republicanos, como el Dr. Pedro Molina y José Francisco Barrundia, no fueron invitados al palacio de gobierno pero estaban decididos a hacerse escuchar. El amanecer los encontró recorriendo los barrios de la ciudad, explicándole al pueblo la trascendencia del momento político. Una vez iniciada la reunión, Dolores Bedoya, esposa del Dr. Molina, junto con otras mujeres republicanas, mandaron a disparar una gran cantidad de cohetes para que el pueblo acudiera a la plaza.

Poco después, el portal, patios, corredores y antesalas del palacio se hallaban atestadas de gente. Ante cada voto en favor de la proclamación inmediata de la independencia, la multitud estallaba en aclamaciones y gritos de júbilo. Toda opinión contraria era recibida con murmullos y rechiflas.

El nicaragüense Miguel Larreynaga pronunció un encendido discurso llamando a votar por la independencia inmediata, y su moción fue aprobada por la mayoría. Correspondió al intelectual hondureño José Cecilio del Valle la tarea de redactar el Acta de la Independencia, suscrita ese histórico 15 de septiembre de 1821.
             
Reflexiones de José Cecilio del Valle

Después de la independencia, el destacado intelectual hondureño José Cecilio del Valle expuso en el periódico El Amigo de la Patria sus reflexiones sobre este momento histórico, así como sus aspiraciones y temores ante los grandes desafíos del futuro. A juicio del prócer, aunque la conquista de la libertad abría enormes posibilidades, también conllevaba graves riesgos, pues el sistema de castas establecido durante la Colonia había abierto profundas divisiones entre indios, ladinos, criollos y españoles.

En efecto – explicó - durante trescientos años los indios habían vivido aislados en sus pueblos, bajo la estricta tutela de las autoridades españolas. Los ladinos o mestizos no podían pisar las universidades y colegios, ni unirse en las aulas con los jóvenes de raza blanca. Los criollos, o españoles nacidos en América, carecían de experiencia en el arte de gobernar, pues se les había excluido de los principales cargos públicos. Por otra parte, las políticas económicas, caracterizadas por la concesión de monopolios y privilegios a reducidos grupos de personas allegadas al poder colonial, habían creado profundos abismos entre ricos y pobres. Además, la imposición del tributo y de diversas formas de trabajo forzoso había generado hondos resentimientos entre las mayorías oprimidas.  Por tanto, advertía del Valle:
     “No nos ocultemos los riesgos de la posición en que estamos. Publiquemos la verdad para que su conocimiento nos haga más prudentes. Somos en el punto más peligroso de la carrera: nos hallamos en el período más crítico de los estados. Vamos a formar nuevas instituciones, a hacer nuevas leyes, a crearlo todo de nuevo.

¿Una población, dividida en tantas castas y diseminada en territorios tan vastos, llegará a unir sus votos sobre el Gobierno que debe constituirse? ¿Las clases que han gozado serán bastante justas para dividir sus goces con las demás? ¿Las que han sufrido serán bastante racionales para no excederse en sus peticiones? ¿La juventud, vana casi siempre y persuadida de saber más grande que el que tiene, respetará las luces de la experiencia juiciosa y previsora? ¿Los impostores de los pueblos olvidarán sus artes y sacrificarán a los del público sus intereses privados?"
¿Cuál era, a juicio de José Cecilio del Valle, la clave para conciliar tantos intereses opuestos?

Escuchemos de nuevo sus palabras:

"La Justicia es en caos tan grande el lazo único que puede ligar intereses tan contrarios; y Justicia en lo político es el mayor bien posible del mayor número posible. Es necesario preferir la forma de gobierno menos peligrosa en circunstancias tan críticas. Pero es necesario presentar un Plan que tienda al bien del máximo; es necesario formar una Constitución que haga felices a todas las clases; es necesario dictar leyes que lejos de dividir hagan una a la sociedad, leyes que no sacrifiquen los derechos de unos para distinguir o aumentar los derechos de otros; leyes que ofrezcan iguales premios a méritos iguales, y sólo tengan por mérito los servicios útiles al bien del máximo; leyes que castiguen con iguales penas a delitos de una especie, y solo tengan por delito la violación de los derechos del hombre; leyes que no sean el voto de una clase sino la expresión de la voluntad general de los pueblos pronunciada por sus representantes”. (2)

Sin duda, a 185 años de la Independencia, aún tenemos mucho que aprender de los fundadores de la Patria Centroamericana.


(1) Kinloch Tijerino, Frances, Historia de Nicaragua, Managua: IHNCA-UCA, 2006.

(2) Textos Fundamentales de la Independencia Centroamericana. Selección, Introducción y Notas de Carlos Meléndez, San José: Editorial Universitaria (EDUCA), 1971, pp. 17-35.

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